El cuenco vacío
En un pequeño pueblo entre montañas vivía Haru, un alfarero anciano conocido por sus silencios y por las tazas imperfectas que moldeaba con manos temblorosas.
Cada mañana, Haru salía con su bastón y un cuenco de barro. Caminaba hasta el río, lo llenaba de agua, lo observaba durante un largo rato… y luego lo vaciaba con calma antes de regresar a casa.
Un joven, intrigado por aquel ritual, decidió acercarse un día.
—Maestro, ¿por qué llenas el cuenco solo para vaciarlo?
Haru sonrió con ternura.
—Porque este cuenco soy yo —respondió—. Si está lleno de lo que no necesito, no hay espacio para lo que da sentido a mi vida.
El joven frunció el ceño.
—¿Y qué es eso que da sentido?
El anciano levantó la vista hacia el cielo claro.
—Aquello que amas hacer, que haces bien, que el mundo necesita… y por lo que alguien está dispuesto a ofrecerte algo a cambio.
Cuando esas cuatro cosas se encuentran, aparece el ikigai.
—¿Y tú lo encontraste? —preguntó el joven, en voz baja.
Haru asintió despacio.
—Lo busqué durante años. Seguí caminos que me hicieron fuerte y otros que me rompieron.
Hasta que un día, mientras el barro se deslizaba entre mis dedos, comprendí algo sencillo: no era el cuenco lo que me daba sentido, sino lo que vertía en él.
—¿Y qué viertes ahora? —preguntó el muchacho.
—Presencia, cuidado y silencio —dijo Haru—.
Desde entonces, cada mañana, vuelvo al río para recordarme que mi propósito no necesita ser grande ni famoso…
Solo tiene que estar vivo.
Moraleja
El ikigai no siempre se encuentra al final del camino.
A veces está en el gesto humilde que repites cada día,
en el silencio que dejas entre tus manos
y en el espacio que haces
para que la vida pueda llenarte.